Nubes grises para el soñador

Una vez casi me caigo de mi mente. Estaba mirando a la nada y pensando en algo, cuando me di cuenta de que miraba sin mirar y que pensaba sin pensar; entonces casi me caigo. Era como si hubiera saltado desde un trampolín sin percatarme y hubiera abierto los ojos en mitad de la caída. A veces me siento atrapada dentro mío. Me encierro y me miento para esconderme detrás de una cortina oscura. Aunque de la misma forma que lo hago, no sé porqué lo hago. Sé lo que hay detrás de la cortina, pero de alguna forma mi cabeza no lo sabe. O quizás no hay cortina. Está loca. O quizás es de las más sanas y por eso hace lo que hace. Pero todos aparentamos normalidad, hasta los que están a punto de explotar. 


 

La serpiente con plumas

No tenemos ningún nombre. Saben que existimos pero no nos ponen nombre. Saben que los observamos y no se dignan a curiosear. Vivimos en las aguas de ese lugar oscuro y brillante por la noche, y dorado cuándo el sol se deshace. Vivimos en las aguas sin color alguno más que el aura del céfiro. Vivimos en los mares incomprendidos y inquietos de algo que todo ser vivo disfruta. Hacemos temblar el tiempo cuándo nos apetece, desencadenamos tormentas de hojas verdes cuando hacemos crecer los árboles hasta las estrellas; creamos cantos relucientes, amaneceres que duran días. Nos gritan los pájaros, alabándonos y glorificandonos. No somos ningún ser superior. No somos menos que los animales ni más que los humanos. Tenemos el bondadoso corazón y la instintiva supervivencia de las bestias, y tenemos todo lo que una persona posee para Ser, menos el miedo; por eso no nos dan nombre. El miedo en los seres humanos fue necesario para la supervivencia ancestral, pero homicida de las vidas que crean a tiempo de hoy. 
      Somos todos y todas. Somos lo que destruye y lo que construye. Lo que ilumina y lo que absorbe. Somos tú. Por eso nos controlas inconscientemente; porque no tenemos nombre, porque ni siquiera sabes que existimos.

 


Rojo mar y Amarillo cielo

 Cuentan que el Salón de Bourvardia —conocido por su extracción de curas medicinales que los científicos eran incapaces de explicar— fue enterrado después de la Primera Guerra Mundial, bajo el polvo, el dolor y la destrucción. Bajo todo aquello que antes daba vida. No era de esperar que los murmullos, los marujeos y las pequeñas leyendas que se hicieron con motivo al Salón fueron los cimientos que definitivamente lo sepultaron. 
    Pero solo fue ocultado de los ojos incultos y de las mentes indolentes; no desapareció. No obstante aprovechó la oportunidad para irse a otro lugar y dejarse crecer. 
    El Salón de Bourvardia crecía solo, era un Salón como el que nadie podría imaginar. El suelo principal, del cual se sostenían los maderos que aguantaban jardines enteros, era tierra húmeda adornada con flores y hierbajos hermosos. Hojas largas que crecían desde las raíces e intentaban atrapar la humedad con su bello, flores del color de los ojos de Sofía —una mezcla entre cielo despejado y cielo nocturno—, rosas amarillas, naranjas, con pinchos, sin ellos...
    En el suelo principal también vivía un árbol cuyos años crecían como si intentaras atrapar el último número existente con la mente. De su tronco tosco se caían las cortezas viejas para dar paso a las jóvenes. Sus ramas crecían y se retorcían como serpientes felices, y las hojas caían alegres, verdes y brillantes, iluminadas por una luz dorada que procedía de un cielo azul falaz. 
    En una pared había una cristalera que trepaba el Salón y lo rociaba con relumbres granates, cetrinos y azules. En otras paredes aparecían puertas y ventanas decoradas de hiedra y flores que nacían de entre las piedras claras. Y otra pared que se alejaba y crecía hacía arriba, con una escalera que le hacía compañía y unos balcones con verjas doradas que servían de diversión para los bejucos. 
    No hay que olvidarse de mencionar la luz que aquel lugar desprendía. Las flores, las hojas, los árboles...; parecían bañados en polvo de hadas. 
    ¿Y que para qué servía ese Salón? Era la entrada a una perspectiva del mundo diferente.





El dragón de tu corazón.

Estaba volviendo a enfadarse de esa manera tan suya que tiene, sé que no lo hace a malas, pero odio cuando se pone a decirme que siempre me lo dice. Odio cuando la gente me dice que esta cansada de mí. Porque siempre me lo dicen. "Siempre igual", "cuando empiezas a decir estas cosas me hartas"; en tono apagado, como si ya... Como si fuera algo tan repetitivamente molesto que ya casi lo dejan correr.
Hoy me he ido.
Estaba volviéndolo a hacer, pero no le he dado tiempo: me he ido. Y no he sentido absolutamente nada. Solo esa familiar sensación de estar atrapada.
Soy una sensible, lo sé. Y en parte es algo que odio porque en mi cabeza se exagera todo de manera abismal. 
Después le he dicho que lo sentía, porque sé que la acción de irse ha sido exagerada, pero en realidad necesitaba hacerlo porque no sabía decirle un simple: "para". 

Le canso a la gente. Me cansa la gente. Me cansan las voces, los ruidos, los estruendos, los chillidos, las risas. Me cansa tener que levantarme cada día a la misma hora. Me cansa que solo me salte el horario cuando salgo de "fiesta". Me cansa que no pueda depender plenamente de mí misma. Me cansa tener que dar explicaciones. Me cansa intentarlo cada día. Me cansa cansarme de estar aburrida. Me cansa querer hacer algo y no saber el qué. Me cansa que me juzguen y que yo lo haga también. Me cansan los ojos contentos, los tristes, los perdidos, los valientes, los amargos, los dulces. Me canso de mí. Y me canso de echarle la culpa a todo sin ni siquiera saber que pasa. 




¿Gris o Transparente?

 Ahora solo sé que hay silencio. No es un silencio normal, es un silencio que esconde cambios: aterrador, te alcanza, te retiene, y te aprisiona. Te encierra de una manera que cada vez  presiona más.
    No es frío ni cálido, simplemente es como agua templada, sale de algún lugar escondido y se filtra por todo el cuerpo. No es conocido, tampoco desconocido, es algo de lo que no te das cuenta pero a la vez si. Es algo que te pone un cristal grisáceo ante tu "yo", tu "tú", y el mundo. Un gris que te ciega sobre ti y sobre todo. Algo que te enseña y que te esconde. Es un no constante y miles "sí" sin fundamento. Algo que hace que te envenenes con lo exterior y lo interior. Algo invisible. No es tóxico. Hace que te intoxiques. 




Navegó por el verde cielo

Una vez me dijeron que la soledad es el arma del más fuerte, pero también la vulnerabilidad del más débil. Que es eso que nos hace conocernos, y que por eso para algunos estar solo es algo que tienen que evitar constantemente; porque les aterra conocerse, les aterra estar con algo que no les gusta, algo que no les agrada. Puede que piensen que están podridos por dentro, y que si alguien se da cuenta, todo ha acabado. Conocernos es, sin embargo, algo que tendríamos que hacer sin miedo. Porque estaremos toda la vida con nosotros mismos.



En ese momento odié a todo el mundo, me harté de todos. Me cansé de dar explicaciones a la gente, a justificar lo que hago en cada momento sin saber porqué y sin quererlo. Pero en ese momento no me importaba casi nada. Sentía mi cabeza llena, literalmente, no paraba de pensar inútilmente, le daba vueltas a todo sin conseguir llegar a lo que se suponía que quería llegar, tenía la sensación de que en algún momento iba a acabar haciendo alguna locura sin ser consciente; me sentía en el abismo con el miedo de caer en algo horrendo. 
     Cogí el maletín que siempre iba conmigo, pegado a mi mano. Me puse el sombrero marrón y salí de casa hacia el parque.
    El cielo era azul celeste, el aire purgaba el ambiente de la pequeña ciudad y arrastraba pequeñas hojas que caían de los árboles anaranjados, pequeñas hojas que los niños pequeños arrancaban del césped. Eso me relajaba. Pero era una mentira, no lograba salir de mi cabeza, ni lograba relajarme, algo me lo impedía. Me lo impedía yo, no sabía cómo pero me lo impedía. Solo quería dejar de pensar.
    Paré de caminar, me senté en el prado y me quité los zapatos, luego los calcetines. Me estiré y miré al cielo. Había parejas que me miraban de reojo extrañados, como si estuviera loco. No me importaba demasiado. 
    Me quité las gafas y me froté los lados del tabique. Me dolía un poco. Putas gafas; estaba ciego. 
    Cerré los ojos y me centré en los olores. Olía fresco, húmedo. Hacía ese olor que el aire hace antes de que empiece una fuerte tempestad, después empecé a oler el aroma dulzón que hacían las pocas flores que aún no habían sido arrebatadas por el otoño. 
    Y finalmente lo entendí: me había perdido entre mis pensamientos y el ruido de la ciudad, había navegado por los mares de mi vida encerrado en un barco sin vistas, y perdí el sentido de todo sin darme cuenta, me escapé de mi mismo; como humo.

Me equivoqué

"Te he visto cuando eras pequeña, cuándo plantabas flores azules y amarillas en nuestro jardín nuevo, las regabas, y te pasabas los cinco primeros días sentada delante de la tierra que habías removido. Les susurrabas cosas bonitas a las semillas, les decías que ellas podían, les decías que las ayudarías a crecer. Al cabo de dos años plantaste la semilla de lo que ahora seguramente debe ser un árbol gigante, de esos que se llaman árboles desmayo. Ésos que tienen las hojas caídas y que parece que lloren, ésos tan bonitos; siempre han sido tus favoritos. 
    El verano que plantaste esa semilla, correteaste alrededor del lugar, cantando y jugando conmigo, con tu padre, y con el perrito que teníamos en esa época: Taus. 
    Recuerdo que desde esos pequeños momentos supe que tu perdición serían las plantas. Te fascinaban. Cuando eras un poco más mayor, alrededor de los doce años, descubriste que la mayoría de plantas tenían propiedades beneficiosas, empezaste a decirme que no te pusiera cremas, que cogiera ese cactus que parecía una flor, lo abriera y te lo pusiera por tu piel irritada. Desde allí supe que llegarías lejos. 
    Tu corazón es mucho más grande que el de una persona sabia, tu mente es mucho más sana que la de la gente que habita en este mundo de locos. Y tú... Tú eres tú, un único tú brillante e insustituible.
    Hoy te escribo para decirte perdón, pero no por haberme ido, si no por haberos dejado sin decir nada. Hace años que pienso en ti y en esta carta, y nunca había sido lo suficientemente fuerte para empezar siquiera la primera palabra. 
    No sé que pensaba cuándo hice las maletas corriendo, cogí los libros más importantes, y pagué un taxi para que me llevara a la embarcación. Pero lo que sí sé es que en todo momento mi pecho se sentía oprimido por alejarme de vosotras. 
    Con esta carta no pretendo recibir una sonrisa, mucho menos un abrazo. Con esta carta lo que pretendo es volver a intentarlo, pedirte que me des una oportunidad. Me equivoqué."





Por eso los sabios son ancianos

La mayoría de mis relatos empiezan con "a veces", y es que cada día decimos la misma palabra; "a veces no sé que hago aquí", "a veces no sé que pensar", "a veces me siento mal, otras, bien"... Nombramos palabras que tienen como significado sólo posibilidades, porque durante el día nos imaginamos haciendo un montón de cosas en el futuro, sin centrarnos en el presente. Hacemos, hacemos y hacemos sin plantearnos lo que hacemos, —que paradoja ¿no?—. Si soy sincera, no sé que narices escribir. Solo quiero contar y contar, pero no sé cómo hacerlo; no sé con que palabras, o por dónde empezar. Quiero contar que la vida no da vueltas, si no tú. Quiero contar que aún me falta por aprender, y que como más aprendes más creces; por eso los sabios son ancianos, porque hay tanto conocimiento alrededor, tanto conocimiento, también, interior, que muchos no llegan a sabios. Quiero contar que quiero escribir, no escribir por pura necesidad, o por pura escapatoria de emociones, quiero escribir para vivir, para sentir, para crear, para explicar, para crear un stop, una casita hecha de papel que se almacena en tu mente. Porque mi yo es escribir, porque si me sacas eso no tengo nada. Es cómo un cantante al que le robas la voz, ¿como expresa todo lo que tiene dentro? Explotaría. Si a un pintor le robas los ojos, ¿como ilustra su interior, las historias que te quiere contar? No podría vivir, explotaría. Y dentro de lo bonito que tiene el artista, también hay su fealdad, lo curioso es que sigue siendo arte. 

No entiendo la gente que no entiende el arte. Es decir, no sé ni si esos aliens ni si quiera existen; quiero decir que cada día estamos rodeados de libros, música, cuadros. Si entiendes la obra entenderás el artista que la ha hecho, porque ha expresado una parte de él. ¿Qué porqué creo en el ser humano? Porque el arte viene de él.




No tiene sentido, pero al ser de letras se puede leer.

A veces no te sale. A veces lo que quieres decir está aferrado en tu interior, tan enredado entre tus sentimientos y tus pensamientos... A veces todo tu interior esta en constante jaleo. No sabes ni que creer, ni que pensar. Todo tú se convierte en caos y entonces pierdes la noción de todo; pierdes el control de tu vida. Entonces crees que ya no hay nada que hacer, porque ya no importa nada. Lo único que te salva es la música, tus amigos, y él. Porque con la melodía de las canciones te evades, desapareces de lo que creen que es real, porque con la sonrisa de tus amigos eres un poco más feliz, y porque el último, te arregla, te salva y te hace creer que lo imposible es posible, y te hace darte cuenta de que los atardeceres acaban con el horizonte de todos los colores, como un pez de escamas plateadas en las que se refleja el sol.


No entiendo como los peces parecen siempre tan bonitos; hasta los podrías comparar con el viento, por su delicada manera de moverse y su serenidad.


Y es que no puedo pensar en nada más que eso. Y lo difícil es admitirlo, porque se puede decir, sí, pero aceptarlo tu mismo es difícil; complicado que digamos.


Nunca había visto la vida a través de un velo, es como si no hubiera distancias, literalmente. O demasiada diferencia de distancias, literalmente otra vez.



Pero vamos a hablar de cosas que se entiendan: hablemos del aire fresco y del agua helada. Hablemos de los peces de colores libres atrapados en el mar, o de los pájaros desenvueltos presos en el cielo. O de la noche cálida y oscura a la vez, o del día libre y fresco. Hablemos del tacto de los libros viejos, de su olor amargo y de sus hojas curtidas por los años; o de su historia, porque los libros siempre tienen más de una historia; tienen la historia que ha escrito el autor, la narración, la obra, y después hay la historia del libro mismo, cómo lo escribieron, cómo lo imprimieron, quién lo leyó primero, y cómo lo hizo, quizás con un café y un poco de tabaco, o cerca de la estufa, o en verano, con el sol cómo luz. Todo tiene historia. Todo. Hasta las letras que usamos para comunicarnos. Por ejemplo, la letra H proviene del hebreo heth, que significa cerrado, por eso tiene la barra de en medio; representa una aspiración. 

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Un cuadro del universo


Los chicos no pueden llorar porque eso hace de mujer, no pueden vestir de rosa porque eso significa que eres gay. Las chicas no pueden enseñar ni demasiada pierna ni demasiado escote, porque si no dirán que eres una fulana, pero cuidado, tampoco te tapes mucho porque sino pensarán que eres una monja. ¿Y si soy chico y estoy triste y quiero llorar? ¿Y si el rosa es mi color preferido? ¿Y si soy chica y me gusta vestir con minifaldas y escote, ya provoco?
       Si me gustan las rastas y me las hago, ¿ya significa que toda mi cabeza está llena de piojos? ¿Soy pobre y sucio?
       Si me visto con ropaje negro y me tiño el pelo de negro, ¿ya significa que soy un punky?
      Si me siento cómodo o cómoda dentro de estos grupos clasistas, no pasa nada. ¿Pero y si no me siento cómodo?
      Hoy en día no sólo los abuelos o los padres un poquito anticuados o de mentalidad clásica nos dicen que no podemos hacer esto o esto porque no es normal, o nos dicen cómo nos tenemos que comportar por el simple hecho de ser chico o chica. Nos lo dice también la sociedad; la televisión nos anuncia calzoncillos puestos en chicos fuertes, estilizados y guapos: impetuosos. Nos anuncia bragas en chicas altas, flacas y preciosas: delicadas.
      La bulimia y la anorexia no existirían si no estuviéramos tan rodeados de estereotipos ni tan acomplejados del ¿qué dirán?
     La imagen de las personas se ha convertido en un negocio más hoy en día. Pastillas para adelgazar, ropa estrechísima, cremas anti-arrugas, pastillas para ensanchar tu musculatura, etc.
      Por culpa de la importancia que le da la gente a la imagen de uno mismo, muchas personas no han podido conocer a otras magníficas. Lo importante de una persona no es cómo va vestido, si llora o si tiene michelines o no. Las mentes son preciosas, y lo demás tendría que dar todo igual. ¿Las mentes son preciosas? ¡Nunca! Prefiero un macho alfa y una modelo que alguien gordo y precioso de mente.
     No solo la gente tiene que cambiar su manera de ver las cosas y enseñarles a sus hijos, o amigos, o personas que lo bonito no sólo es el físico. Y que la ropa no tiene porqué determinarte. Tendrían que decirles que las mentes son como millones de cuadros, canciones, melodías. Cada mente son millones de historias, millones de sentimientos, que los corazones cantan y que nos enseñan a vivir. Y que da igual la imagen y el físico. Que lo importante es lo de dentro, que eso es lo que enamora, lo que nos hace establecer una amistad o algún tipo de relación. Que más vale una persona llena por dentro y fea o mal vestida, que una persona que sigue los estereotipos vacía. En ningún momento digo que una persona que sigue los estereotipos no puede ser magnífica y brillante, claro que lo puede ser.
      Pero no puedes juzgar un libro por su tapa ni una persona por su pelaje.









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